LA CLASE PERFECTA

El otro día me llamaron de uno de mis centros favoritos de yoga en Madrid para sustituir a una profesora y dar una clase de yoga. Accedí encantada, ya que dar clase a un grupo nuevo de personas siempre es un reto para mí.                 

Cuando me estaba preparando la secuencia de asanas que iba a dar, asumí que dado que estamos a final de curso los alumnos tendrían ya cierto nivel. Creo que el sueño de todo profesor de yoga es poder experimentar con alumnos avanzados y adentrarles en posturas que requieren cierta destreza como Pincha Mayuranasana o dhanurasana.

Así es que me puse manos a la obra y preparé la secuencia perfecta para llegar a estas posturas avanzadas que requieren abrir bien el pecho, tener los hombros perfectamente estirados, así como cuádriceps extendidos a la vez que tonificados. Según iba preparando la clase, visualizaba hacia donde les iba a guiar, por qué caminos y a través de que ejercicios.

Con mi clase preparada y convenientemente apuntada me dirigí hacia el centro dispuesta a llevar a mis alumnos desconocidos hasta posturas nunca practicadas.

Pero hete aquí, que cuando llegué al centro comenzaron a entrar mis alumnos y me llevé una sorpresa.

En los videos sobre yoga de webs como yogaglo o myyogaonline, los profesores aparecen dando clase en sitios ideales, suelen ser salas enormes, iluminadas suavemente por velas, los suelos son de madera, los techos altos y cabezas de Buda adornan la estancia. La segunda modalidad suele ser al aire libre, rodeados de una naturaleza virginal, ya sea en playas desiertas de arena con la que podrías rebozar unas croquetas y comértelas, a la orilla de lagos idílicos o en medio de bosques apenas tocados por la civilización.

En cuanto a los alumnos, todos y todas son jóvenes, atléticos y flexibles, y siguen de manera casi sincronizada al profesor, realizando cualquier postura que este les proponga por complicada que parezca.

Pero volvamos a mi clase en Madrid, estoy ante la puerta de este estupendo centro, que sí, si es como los que aparecen en los videos y la realidad me muestra a un grupo de personas que se podrían englobar fácilmente en la tercera edad, y que aunque no están en baja forma, tampoco se los podría denominar atléticos. La sonrisa se me queda algo petrificada, mientras por mi mente corre veloz el pensamiento de que casi ninguna de las asanas ni secuencias que traigo preparadas me vale para este grupo de alumnos. Así es que, pienso algo nerviosa, “vas a tener que improvisar una clase totalmente diferente, con asanas accesibles y sobre todo una clase que estas personas puedan disfrutar y de la que se puedan beneficiar”.

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Comienzo la clase y dejo a un lado los apuntes de las posturas a las que había imaginado llegaríamos hoy, para centrarme en el ahora y en la realidad.

Resulta que la vida real no es una película de Hollywood, ni un video de yogaglo. En la vida real los alumnos tienen diferentes edades, estados de ánimo, e incluso lesiones. En la vida real, la perfección no existe, como tampoco existe la clase con alumnos perfectamente alineados y entrenados. Así es que comienzo con unos minutos de pranayama, para relajar cuerpo y mente y de paso relajarme yo y recomponerme. En seguida, ese grupo encantador de gente mayor me hace olvidar el objetivo de hacer la figura perfecta, y me centro en que disfruten. Pronto me desarman con su buen humor: “A ver cómo nos tratas, que tenemos una edad” dice una de las alumnas, a lo cual la otra contesta: “no te preocupes, que haremos hasta donde lleguemos”. Les miro y veo una sonrisa en sus rostros y las ganas de superación en sus pupilas. Así es que comenzamos a mover el cuerpo, poco a poco, vamos pasando de ejercicios de calentamiento a asanas de nivel bajo e intermedio. Utilizamos la pared para practicar el perro boca abajo y estirar los isquiotibiales en Parsvottanasana. Jugamos ahora por parejas, ayudándonos del cinturón para experimentar de nuevo Adho mukha sin que las muñecas se lastimen por el peso del cuerpo. Viajamos hacia una secuencia de saludos al sol y me sorprende ver cómo pese a la edad los cuerpos responden bien y cómo con ilusión y empeño consiguen pasar de cobra a perro boca abajo y de ahí a uttanasana.

Termina la clase con una relajación, y tras esta me comentan alborozados lo bien que se lo han pasado. Un señor mayor me dice que le ha gustado mucho el ejercicio de estirar la parte posterior de las piernas, ya que suele tener problemas de gemelos y que ha notado que le va bien, otra señora me dice contenta como una niña pequeña, como ha disfrutado de practicar adho mukha con ayuda del cinturón.

Me despido de ellos entre risas y cariño. Dios santo, ¡que satisfacción!, es de las clases más satisfactorias que he dado nunca. De hecho, me hace replantearme el objetivo de un profesor de yoga. ¿Es realmente tan importante llegar a enseñar posturas acrobáticas?, ¿de qué vale hacer un equilibrio sobre brazos si tenemos el ceño fruncido y el corazón como un témpano de hielo?

Seguiré viendo los videos de yoga que tanto me inspiran y de los que aprendo, pero trataré de no olvidar que la vida real no es perfecta, de hecho intentaré recordar siempre que muchas veces la imperfección es muchísimo mejor.

Namasté

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