¿Puedes ver la virtud en los demás?, sólo es cuestión de observar

La base en la enseñanza del Anusara yoga es la bondad intrínseca en todos los seres. Según la filosofía en la que se sustenta, se debe buscar lo bueno en todas las cosas y en todos los estudiantes. La idea es revelar las cualidades divinas y la belleza en las posturas de los alumnos. Un profesor de Anusara no tratará de “arreglar” ninguna postura. En vez de eso, la intención es servir al estudiante, y ayudarle a revelar su bonda y valía innatos. Todo el mundo tiene algo bueno que mostrar y ofrecer, y nuestro trabajo como profesores es ayudar a que el alumno descubra sus potenciales y los muestre.

Normalmente como practicantes de yoga solemos ser muy críticos con nosotros mismos, y ponemos siempre el foco en aquellas posturas que no nos salen, sin valorar las que sí que hacemos.

Nunca me he encontrado con un alumno que no destaque por algo, que no tenga una facilidad especial en realizar algún tipo de asanas. Hasta las personas menos flexibles, tienen un punto fuerte, quizá sea la resistencia, o la elegancia al realizar ciertas asanas, o se le den bien los equilibrios, pero todos y cada uno, tenemos unas cualidades y unas virtudes que debemos reconocer y honrar.

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Hace unas semanas estaba en una clase con alumnos nuevos, la mayoría principiantes. A esta clase acudió un hombre de mediana edad, de aspecto normal. Empezó la clase, y comenzamos a realizar varios saludos al sol para calentar el cuerpo. Este alumno se encontraba un poco perdido, desconcertado, sin saber muy bien los pasos a seguir. Bajé el ritmo y fui explicando los pasos del saludo al sol, uno a uno, para darle tiempo a coger el ritmo, pero en su cara seguía habiendo confusión y no acertaba con las posturas.

Pasamos a realizar distintas asanas, algunas sencillas y otras algo más complicadas. En ambos casos, nuestro hombre seguía sin ser capaz de hacer ni por asomo alguna de las posturas. Yo le miraba sin dar crédito. Nunca había visto a nadie al que le costase tanto estirar los brazos, o mantener las piernas rectas, o aguantar 30 segundos una postura sencilla. Al rato pasamos a hacer ejercicios de abdominales y pensé que al realizar un ejercicio de resistencia por fin vería brillar su potencial innato. Pues no fue así, siendo el único hombre en la sala, el resto eran todo mujeres, fue el primero en parar el ejercicio, resoplando y tumbándose, mientras las chicas trabajaban con esfuerzo pero sin parar sus abdominales.

“Es un desastre con patas”, pensé para mi. Es increíble, no hay nada que se le de bien!. Como profesora de yoga, jamás confesaría que pienso estas cosas, pero aquí estamos en confianza y además este caso me superaba, por más que me esforzaba en buscar algo bueno en su práctica, era incapaz de encontrarlo. No hacía nada bien!

Después de una hora de práctica fallida y desastrosa, llegamos a la relajación en la postura de savasana. Incluso esta postura se le hacía complicada a nuestro amigo, al que le costaba relajarse, mientras que el resto de alumnas respiraban cada vez más profunda y relajadamente repantingadas sobre la esterilla.

Tras la relajación, y antes de finalizar la clase, hicimos una meditación. Para la clase de ese día había elegido un precioso mantra, con una melodía dulce que te transportaba hacia un lugar de calma y armonía. Nos sentamos en suhkasana y le di al play en el reproductor para cantar al ritmo de la música. Y entonces lo escuché. Tenía una voz preciosa, afinada, dulce, capaz de subir e igualar los sonidos más agudos y también de igualar los más graves con una voz resonante y cálida. Durante diez minutos estuvimos cantando y escuchando su preciosa voz. Ese hombre cantaba como un ángel, y rápidamente su voz nos envolvió, transportándonos junto al mantra a ese espacio donde no hay pensamientos, donde sólo existe calma, luz y dicha. Por fin había brillado, ¡y como!

La moraleja de esta historia, que parece un cuento pero no lo es (ya sabéis que la vida siempre supera a la ficción), es que todo el mundo tiene alguna virtud y algo bueno que dar, algo que le hace brillar. A veces sólo es cuestión de tener la paciencia suficiente para esperar a que muestren su valía. Para las cosas en las que no brillamos tanto sólo es cuestión de esfuerzo, práctica y también darnos tiempo. Con disciplina todo el mundo puede ir mejorando su práctica.

¿Te has parado a pensar alguna vez cuál es tu virtud escondida?

Tomate tu tiempo y brilla.

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