El Barquero inculto

En mis clases de yoga me gusta recordar de cuando en cuando el objetivo original de la práctica de yoga. En sus orígenes, los antiguos yoguis eran como científicos y filósofos, que experimentaban con sus cuerpos y sus mentes, para llegar a conocer al SER. Su máximo anhelo era llegar a reencontrarse con Brahman, con esa parte divina que se encuentra en el interior de todo hombre.

En un intento de entender como funcionaba la mente, la equipararon a un lago, que casi nunca está en calma… Los pensamientos son las piedras que lanzamos sin cesar y que tienen un efecto en las aguas: se crean ondas y a veces hasta oleajes. Esas ondas hacen que las aguas estén siempre turbias y no podamos ver el fondo. Con la práctica del yoga, se pretendía preparar al cuerpo tanto física como energéticamente, para sentarse a meditar. Durante las largas sesiones de meditación, se intentaba ir calmando el lago de la mente para observar el fondo, la esencia que subyace en las profundidades y de esta forma conocer su verdadera naturaleza.
Los antiguos yoguis, descubrieron también que el conocimiento de su esencia no se podía obtener mediante el intelecto. La erudición no ayudaba a obtener el verdadera conocimiento, el más válido para los yoguis. Para ilustrar esta enseñanza, me gustaría recordar el cuento del barquero inculto.

“Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:

-Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?

–No, señor -repuso el barquero.

–Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.

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Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:

–Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?

–No, señor, no sé nada de plantas.

–Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó el petulante joven.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:

–Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas.

¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua?

–No, señor, nada sé al respecto.

No sé nada de estas aguas ni de otras.

–¡Oh, amigo! -exclamó el joven-.

De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:

–Señor, ¿sabes nadar?

–No -repuso el joven.

–Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida.<

La enseñanza que se extrae de este cuento, es que no es a través del intelecto como se alcanza el Ser. El conocimiento erudito no tiene nada que ver con la Sabiduría. Si queremos conocer quiénes somos, podemos leer libros de anatomía y hacernos expertos en el cuerpo humano y su funcionamiento. Podemos estudiar psicología para tratar de entender la mente humana, pero nada de esto nos acercará al conocimiento de quienes somos en realidad. Seguiremos sin tener ni idea. El conocimiento profundo de lo que somos en esencia, se obtiene mediante la práctica, mediante la disciplina del yoga y la meditación.

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